Vacaciones Runner: segunda parte

Hay quien dice que segundas partes nunca fueron buenas, pero eso nunca se aplica a las vacaciones.

Cuando acabó la semana navarra Víctor y yo queríamos aprovechar que estabamos tan cerca de los Pirineos para trabajar más la potencia. Además, tenía muchas ganas de enseñarle las gargantas de Kakueta, aunque me daba pánico meternos por la carretera de la muerte (un montón de km por una carretera de dos sentidos en la que a duras penas cabe un coche, y con un precipicio enorme al lado), y me pasé todo el viaje muy preocupada. Tanto que Víctor pensó que no merecía la pena el viaje. ¡Cambió rápido de idea en cuanto vio el sitio tan chulo al que le había llevado!
De ahí salimos por la tarde en búsqueda de un camping en el lado francés de los Pirineos, porque cuestan la mitad que en España. Íbamos a la aventura, porque en casi todos los que habíamos mirado no quedaban plazas y yo me veía durmiendo en el coche. Encontramos uno muy chiquitito escondido al fondo de un valle, en un pueblo con 4 casas. Un sitio realmente mágico, muy cerca de la frontera. Tuvimos la suerte de que nos quedamos con la última parcela, aunque no teníamos electricidad (un show vernos cargar los móviles en el baño). Según plantamos la tienda vimos que íbamos a pasar bastante frío. Aún así, yo iba tan cansada que me dormí como un tronco.
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Como diría Zugasti, ¡vistazazas!

Por la mañana cogimos el mítico GR10 francés, que quedaba al lado del camping y empezamos a subir. A SUBIR, así con mayúsculas. Subíamos casi 200m por km y sin tregua. Llegamos al cruce con el GR15 y vimos que si lo seguíamos podíamos subir una cima, el Loulou, y total, ya que estábamos… Estábamos en un bosque bastante frondoso, y hacía mucho frío para lo cortos que eran nuestros pantalones, así que nos pusimos el cortavientos y el chubasquero encima, a pesar de que hacía un sol radiante. No tardamos casi nada en subir la mitad que nos quedaba hasta la cima, en total subimos algo más de 900m en menos de 5km, ¡casi un km vertical! Nuestra idea era comernos los bocatas en la cima, pero hacía tanto viento y frío que comenzamos a bajar. Al principio casi no se podía correr, el paso era estrecho y muy bacheado, pero en cuanto vimos que entrabamos en calor nos íbamos animando y no paramos a comer hasta alcanzar otra vez el GR10, de nuevo en el bosque. A partir de ahí la bajada no era muy técnica pero había que estar pendiente porque empezamos a ir deprisa y las piernas empezaban a estar cansadas. Cuando llegamos al camping nos dimos nuestra merecida recompensa, metimos los pies en el agua helada del río ¡y se nos quitaron todos los males!

Al día siguiente, habiendo dormido mal y teniendo Víctor el pie bastante regular, decidimos salir a dar un paseo de unos 5km. Nos pusimos los vaqueros para no pasar frío y las zapatillas de trail porque… nunca se sabe. Llenamos las mochilas de agua y añadimos un par de manzanas a las barritas de cereales que no nos habíamos comido el día anterior. ¡Y menos mal! Cuando habíamos andado unos 5 km por una carretera que se perdía entre las montañas empezamos a ver carteles que señalaban hacia un pico. Después de consultarlo en el eTrex (¡no salgo a la montaña sin él!) vimos que era bastante asequible, y que para darnos la vuelta siempre había tiempo. Así que nos comimos nuestras manzanas y encaramos la subida. Tardamos un montón en llegar arriba, nos íbamos parando mucho. Además Víctor iba muy cansado, pero cuando le dejé el palo que hacía las veces de bastón se empezó a encontrar mucho mejor.

Cuando nos faltaban 125m verticales para llegar a la cima se nos echó una nube encima y a mí me entró un poco de canguelo. Aunque hacía un día muy bueno, siempre me han dado miedo los cambios de tiempo en la montaña, y con esa nube ya no sabía qué se nos acercaba por cualquier lado. Y Víctor no estaba al 100%. Tengo mucho respeto a hacer cualquier inconsciencia en la montaña, supongo que es algo que me ha enseñado mi padre desde siempre, y a cada paso que daba valoraba si teníamos que dar la vuelta. Pero de repente la nube se abrió (¡igual que en las películas!) y estábamos en lo más alto del pico. No os puedo explicar las vistas que teníamos, realmente alucinante.

Comprobamos que nos encontrábamos perfectamente para bajar por el camino largo, que además era más llano, aunque yo me caí nada más empezar a bajar y me llevé un pequeño susto. Nos volvimos a meter en la nube y el paseo se hizo más monótono pues no podíamos quitar la vista del GPS para no perdernos, así que empezamos a cantar canciones gorrinas. ¡Total! Los franceses no nos iban a entender. Al final no nos encontramos ni un alma, ¡pero hubiera sido gracioso! Un buen rato después llegamos hasta el Loulou, donde habíamos estado el día anterior. A partir de aquí ya conocíamos el camino, pero se nos hizo bastante pesado, a Víctor le molestaba el tendón y a mi me dolían ya los pies. Ya olisqueamos las galletas que nos estaban esperando en la tienda de campaña y cómo sería la cosa que no nos dio ni para ducharnos.

Al día siguiente nos pusimos de camino a Madrid, con todo el dolor de nuestro corazón pero con ganas de descansar por fin en casa. La verdad es que no nos podemos quejar ni un poquito de nuestras vacaciones. ¿Y las vuestras qué tal? ¡Contadme!

¡Un abrazo!

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Un comentario en “Vacaciones Runner: segunda parte

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