El Guerrero de Gredos 2017: #NoCorremosSolos

¡Hola! ¡Atención que viene parrafada! Un año más nos volvemos a poner en la línea de salida de uno de los mejores trails del calendario. No en la distancia que queríamos, ya que nuestra intención era estrenarnos en el maratón, pero allá por julio decidimos que había otras cosas más importantes, así que rebajamos el objetivo a los 22km.

Como muchos sabéis, el verano acabó por venirse abajo y los entrenos desaparecieron del todo de la lista de prioridades. Así que llegábamos con lo puesto, con más miedo que vergüenza, pero con muchas ganas. Además, aprovechando que repetíamos distancia, Víctor y yo acordamos correr nuestro primer trail por separado. Él quería ver qué marca podía hacer, y yo cómo me funciona la cabeza corriendo más de 4 horas sola.

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¿Somos muy frikis si hacemos una tarta de la carrera para los voluntarios?

Así que a las 8:30 (¡¡lo que me costó levantarme de la cama!!), poco después de pasar la linea de salida nos separábamos. Enseguida me quedé en la cola de la carrera, para no molestar a los que saben subir. Y ¡horror! En el km 2, en pleno bosque con el que siempre tengo pesadillas, me viene dolor de estómago. Como no fui capaz de levantarme a la hora, desayuné demasiado tarde. Ya había decidido antes de salir tomármelo con calma, pero no esperaba tener que tomármelo con TANTA calma tan pronto. Me adelantó todo el mundo, si no me quedé la última fue por los pelos. No es que sea tan grave, esa subida siempre es un bofetón para mi y me quedo muy rezagada. Y os lo digo en serio, allí sola, en medio del bosque, me llovió una colleja del cielo y alguien que me decía: “Tira pa’rriba”, y noté como me tiraba del brazo.

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No me atreví a llevarle la contraria en vida, no lo iba a hacer ahora. Y solo pensar en eso, se me dibujó una sonrisa, me desapareció el dolor y lo que antes me parecía una cuesta terrible ahora se convertía en un paseo. ¡De verdad que sí! Empecé a adelantar a gente poco a poco, quienes me habían pasado durante el rato que fui arrastrándome como alma en pena me miraban subir alegremente alucinados. Y así llegué al primer avituallamiento, donde me comí las gominolas y el plátano a dos manos. En la mochila llevaba gel y frutos secos, pero en vista de las malas experiencias que tengo con los geles en montaña, decidí probar a ver si aguantaba sin ello.

Quedaba la subida hasta el punto más alto y viendo que llevaba ventaja sobre los que había adelantado (ya iba picada con todo el mundo, ¡no tengo arreglo!) me lo tomé con más calma porque en cuanto corría un poco se me disparaban las pulsaciones. Además, aquí están las vistas para disfrutar. Y en esas estaba yo cuando me perdí. Un poco sólo, pero lo suficiente para rascarme la cabeza con cara de preocupación. Además, empezaba a apretar un poco el calor, y ya no estaba a la sombra del bosque. En cuanto me reorienté, vi que no me quedaba mucho para la bajada.

Y allí estaba yo, en lo más alto de la carrera y con lo mejor que estaba por venir bajo mis pies. Empecé a bajar dando saltos de alegría y en ese momento me llamó Víctor.

-¡Anda! ¿Ya has llegado? ¡Qué rápido, te va a tocar esperarme!

-Qué va, voy por el km 13, con ampollas en los pies y dolores. ¿Por dónde vas?

-(Vistazo al reloj) Por el 11, la verdad es que me encuentro genial.

-¡Por el 11! Si estás muy cerca, ánimo que lo estás haciendo muy bien.

Durante toda la carrera no miré el Garmin nada más que para saber cuántos kms llevaba y controlar las pulsaciones. Y fue lo mejor que podía hacer, fui totalmente despreocupada. La única cosa que no podía dejar de pensar era que no estaba comiendo nada de lo que llevaba en la mochila, pero me daba mucho miedo pensar que me podía sentar mal. Eso sí, en los avituallamientos arrasaba. Y como solo pensaba en zampar mientras bajaba a toda velocidad… me volví a perder. Solo que esta vez venían dos chicos detrás de mi. Fueron unos segundos de un poco de angustia, ¿y si les había perdido yo? A ver, piensa, si te siguen es porque no debes estar muy lejos. Y bajando por una roca enorme que estoy muy segura de que no entraba en el recorrido oficial, me reenganché al trazado.

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Ya se dejaba notar el cansancio, y recordaba del año pasado una última subida criminal, pero pensé que esta vez llegaba muchísimo mejor y que no sería para tanto. ¡Ja! Sí que lo fue. Por momentos pensé en subir a gatas. Ya iba muerta de calor, y sólo quería llegar arriba. Pero arriba no parecía llegar nunca, y pensé en los bastones que decidí no llevar, muertos de la risa en casa. Para cuando encontré la cuesta abajo las piernas ya ni me respondían. Por suerte en el camino me recogió Ramón, que hizo que los últimos kms se pasaran volando mientras me contaba anécdotas de los ultras que había corrido y los que le quedaban por delante. Al llegar al pueblo (los kms que siempre se me hacen más tediosos) le dije que tirase, que bastante le estaba frenando y me contestó:

-¡Venga! No seas boba, que por los pelos no vas a bajar de las 4 horas. Tira que te acompaño.

Espera, espera, espera. ¿Cuatro horas? ¿CUATRO? Como no miré el reloj en toda la mañana, por mi podía llevar 10 horas corriendo que no me hubiera enterado. Pero Ramón me estaba diciendo que iba a bajar mi tiempo ¡40 minutos! ¡¿Qué hacemos aquí hablando?! ¡CORRE! Me dejó de doler todo, y llegando a meta me encontré a Víctor que me grabó los últimos metros. Yo casi no recuerdo nada, sólo la meta acercándose con un 4:01:00 en lo alto. Y preguntar nada más llegar por mi medalla, que me la había ganado.

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Como veo que me estoy alargando mucho, creo que voy a escribiros un post de lo que significó para mi correr sola, pero no puedo esperar más para pasar a la ronda de agradecimientos, porque ¡hoy hay para mucha gente!:

-A Alberto, estuvo pendiente de que no nos perdiéramos la carrera a pesar de las circunstancias. Y como organizador, a él y a su equipo, gracias también porque ya era una carrera fantástica, pero cada año son capaces de mejorarla más y más. Meto aquí también a los voluntarios, porque esta carrera también es suya, son fantásticos, mega cariñosos y este año creo que han batido récord. Muy especialmente a Jorge, aunque esta vez no dormimos en el polideportivo, allí estaba al pie del cañón cuando fuimos a ducharnos. Un absoluto amor de muchacho, SIEMPRE, y visita obligada cada vez que vamos al Guerrero. Y también a los que tienen desperdigados por la montaña y tienen que soportar mis gracias cuando les veo hipóxica perdida (me vuelvo muy ocurrente xD), ¡ellos tienen el cielo ganado!

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Para que veáis que no nos la comimos nosotros xD

-A mis padres. Allí estaban ellos para traernos de vuelta a casa. Para eso y para invitarnos a descubrir el delicioso cochifrito (se acaba de convertir en visita tradicional de aquí en adelante como recovery del Guerrero).

-A Víctor, porque aunque no vaya pegada a ti, sigues tirando de mi. No te eché de menos, porque sabía que estabas ahí (¡más cerca de lo que pensaba!).

-A Ángel y Ramón. Correr sola no se me estaba haciendo muy pesado, pero reconozco que los dos aparecieron en dos puntos vitales. Fue un placer compartir kilómetros con los dos.

-A Candeleda, y personifico en el personal del hostal La Pastora y la pizzeria Raybel, porque a pesar de lo tarde que llegamos nos trataron de maravilla. Siempre que venimos aquí nos tratan así de bien.

-Y muy especialmente a Geles. No estás, pero estás más que nunca. Gracias por la colleja cuando la necesité. Y por darme conversación llegando a lo más alto de la carrera, cuando ya estaba aburrida de tanto subir (¡aunque no te gustase la música que llevaba puesta!). Todo lo que te dije arriba iba en serio.

#NoCorremosSolos.dav

-¡Eeey! ¡Y gracias a ti por leerme! ¡No te pienses que se me olvida!

¡Saludos!

 

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Corro.

Escribo estas líneas a la una de la noche en la sala de espera de un hospital. Uno de los pocos sitios en el mundo en el que tienes tiempo y espacio para pensar.

La vida a menudo es una mierda. Vas sorteando charcos de barro, pero no siempre puedes esquivarlos. Yo tengo la suerte de que apenas tengo, los que hay son poco profundos, y cada mañana me siento afortunada por ello. Pero hay gente a los que la vida les pone un auténtico barrizal por camino. Y aún así, con las botas hundiéndose en el suelo y con el cansancio en las espaldas, se levanta un día más para seguir adelante. No hay épica en ello, de esa de la que tanto nos gusta presumir a los corredores. Sólo hacen lo que hay que hacer, sin ni siquiera esperar reconocimiento.

¿Y yo? ¿Qué hago yo, mientras? Tengo dos brazos, dos piernas, un corazón que late y un cerebro que funciona con un rendimiento aceptable la mayor parte del tiempo. ¿Y qué hago? Aparte de mirar al enorme vacío que me espera tres meses más allá sin saber qué va a ser de mi… Qué tontería. Es trabajo. Es sólo trabajo. Pero, ¿qué hago?

Corro. Porque lo necesito. Porque hay veces que pensar no es suficiente. O a veces es demasiado. Porque a la vez que fortalezco las piernas se endurece la cabeza y se templa el carácter. Porque si corro lo bastante rápido, podré saltar los charcos de los que hablaba antes. Porque cuando pensaba que no podía correr más descubría que sí. Y entendí que si eso funcionaba corriendo, seguro que funcionaba en la vida. Porque hay gente que no puede, como Ángel no se cansa de repetir. Porque yo sí puedo y casi siento la obligación moral de hacerlo. Porque mis padres siempre han querido para mí que sea feliz, y lo soy, pero es más fácil con una trialera a mis pies en medio de un bosque. Más aún si es cuesta abajo, pero es que la vida ya trae las cuestas arriba de serie.

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